El ataque de las tierras bajas

Desde 1501, cuando en el Río de la Plata apareció el primer barco europeo con Américo Vespucci a bordo hasta 1536 cuando Pedro de Mendoza desembarcó para iniciar formalmente la invasión, en Argentina pasaron muchísimas cosas.

Algunas las conocemos porque los mismos protagonistas las fueron relatando a los escribas que venían en esos barcos cada vez más frecuentes. Otras las vamos descubriendo a medida que la arqueología y la antropología afinan sus intrumentos de indagación. 

Lo primero que hay que decir es que a pesar de que los grandes barcos y sus tripulantes resultaban una novedad no eran, ni mucho menos, lo más importante en la interna regional. 

Los barcos del otro lado del mar aparecían muy esporádicamente, no había asentamientos coloniales, solo unos pocos náufragos europeos integrados a los guaraníes de las islas del delta. 

Y hasta que no se hicieron ver los efectos de la masiva infección vírica que bajaba desde el Caribe y la coincidente invasión militar española a mediados de la década de 1530, la atención dedicada a los extranjeros fue mínima. 

Por supuesto, se sabía que existían visitantes extra continentales, muchos los habían visto, algunos habían comerciado con ellos e incluso había subido a sus naves, pero su aparición no era relevante y no incidía en el día a día de la gente. 

Voy relatar un hecho bien documentado para ilustrar esto, un encuentro fugaz sucedido a  finales de 1531 en la costa entrerriana sur, sobre las islas del Delta del Paraná muy cerca de su desembocadura con el río Uruguay, entre un pescador perteneciente a la Federación Chaná llamado Y Ñandú y Pero Lopes de Souza un capitán de barco portugués que dejó un detallado diario de a bordo con anotaciones muy precisas y expresivas, lo más parecido a un blog que podemos encontrar en el siglo 16.

 

Encuentro entre Avestruz de Río y el Portugués

 

El 13 de diciembre de 1531, en pleno verano austral, amaneció cálido y muy ventoso en la isla de los Biguá, o como la llaman actualmente los pescadores “la Isla de los Cuervos”, que es una de las innumerables islas que pueblan el tramo sur del gran delta del Paraná, sobre la costa entrerriana. 

Actualmente sigue siendo una zona con muy baja densidad de habitantes, poblada de grandes árboles y plantas colgantes, con un micro clima subtropical incrustado en medio del gran pastizal pampeano. 

Mi familia materna es originaria de esa zona y en mi infancia era frecuente pasar varias semanas cada verano en la costa de Entre Ríos que dá al delta, a bordo de una motora una de esas pequeñas lanchas que utiliza la gente del lugar, a la cual uno de mis tíos había bautizado Avaretá es decir “La paisana”. Con ella recorríamos las islas del delta entrerriano entre la ciudad de Victoria y Rosario de Santa Fé.

En esos días conocí a muchos descendientes de chaná, pescadores que aún pueblan las costas del Paraná sur, todos eran excelentes nadadores, cazadores y pescadores autosuficientes. Hábiles para el regateo, también eran comerciantes y contrabandistas llevando productos de un puerto a otro y haciendo “una diferencia”. 

Uno de ellos era Don Cabeza, un hombre ya mayor que vivía solo con un perro. Un perro pequeño pero gran cazador de iguanas y otros reptiles, las cuales servían para complementar la alimentación de ambos y cuyo cuero el hombre a veces canjeaba por ropa y calzado y a veces vendía para hacerse una platita

Don Cabeza nos admitía cada verano a dos de mis primos y a mí en su tierra y por él conocimos algunos secretos del río y el monte. 

Ese monte al cual los biólogos llaman “selva en galería”, una continuación de la exuberante selva atlántica brasileña que se prolonga hacia el sur siguiendo la vera de los grandes ríos, hasta desembocar en la boca del Río de la Plata. 

Es un mundo laberíntico, lleno de canales y cursos de agua que se abren en todas direcciones, poblado de pájaros y aves selváticas, enormes reptiles y mamíferos que en el siglo 16 incluían variedades de monos, grandes venados de bosque y jaguares.

Los jaguares, situados en la cúspide de la cadena alimenticia, eran los auténticos amos del lugar, ya que podían devorar a todos los demás seres de la selva, incluyendo al hombre. Y eran tan abundantes que aún hoy el tramo final del delta del Paraná se llama “Delta del Tigre” y su principal ciudad cuyo medio de transporte no son los coches sino canoas y lanchas, lleva por nombre simplemente “El Tigre”.

Enclavada en medio del laberinto del delta, la Isla de los Cuervos destaca por la abundancia de peces que buscan sus pozos de agua para reproducirse y criar, por eso es frecuentada por los pescadores desde tiempos ancestrales. 

Como antiguamente,  algunos lugareños que la frecuentan hacen de guía a pescadores ocasionales que vienen de las ciudades cercanas de Gualeguay del lado entrerriano o San Pedro, de la orilla bonaerense. Transcribo un breve diálogo de un foro de pescadores,

 

03 Febrero 2009 a las 06:28 PM, Jmlopez1985 dice:

“Hola quisiera saber de algún lugar para acampar con la familia y pescar lindo, sé que hay para embarcarse a las islas, quiero algunos datos se los agradeceré. Estoy buscando algún lugar que se pesque lindo, si saben diganmé por favor. Desde ya gracias”.

 

Respuesta:

“Hola Jmlopez1985. Yo hace tiempo iba a pescar a la Isla de los Cuervos en el Ybicuy. El lugar tiene como dos kilómetros de costa. Tenés desde playa hasta pozos para pescar. Hace rato que no me doy una vuelta por ahi, pero en aquel entonces se pescaba muy bien. Te comento que más de una vez había familias acampando en el lugar, lo único que no tiene servicios. Lo que hacían en aquel momento sino querías pasar la noche en carpa, te alquilaban casitas que tenían en la isla. Te recomiendo que tratés de llamar y si te desidís de ir a pescar, lo hagás en la zona del tinglado o a la salida del arroyo.

Pues bien, en ese ambiente el 13 de diciembre de 1531, en pleno verano austral una partida de cuatro hombres y una joven mujer, a bordo de un par de canoas, iban de camino desde El Timbú,  capital de la Federación Chaná donde hoy esta la ciudad de Rosario, hacia las islas del río Uruguay. 

Llevaban alimentos para muchos días pero aún así decidieron aprovechar la abundancia de peces para hacerse con pescado fresco en esa isla que ellos no llamaban de los Cuervos, sino “de los Biguá”. 

El Biguá es el cormorán criollo, un ave fluvial de gran tamaño y un pescador excepcional, que conoce muy bien esa isla pródiga en peces y por eso se concentra allí en grandes cantidades. 

Los cinco protagonistas de nuestra historia también se llamaban a sí mismos “Chana-Mbiguá” cuya traducción sería  “Paisanos Cormorán”. 

Auque no era una partida de guerra, sus armas y atuendo denotaban que eran guerreros poderosos. La mujer, que según el cronista que relata el hecho era muy hermosa, tenía largos cabellos castaños y llevaba gran cantidad  piercing de metal en torno a los ojos.

Los cuatro hombres portaban en sus cabezas cascos de cuero hechos con la cabeza completa de un jaguar, con los dientes y todo, lo que les daría una apariencia espectacular. Este era un símbolo de rango destacado en la sociedad chaná.

El líder de la partida se llamaba Y Ñandú, que significa Avestruz de Río y pertenecía a la Comunidad de los Mbiguá, nombre local para designar al cormorán, gran ave pescadora que vive a la vera de los cursos de agua. 

El Biguá era el tótem de estos antiguos entrerrianos, cuyos miembros, la gente-cormorán se sentía identificada con su espíritu, por su astucia en la pesca, su habilidad de bucear capturando peces bajo el agua y al mismo tiempo su increíble velocidad en vuelo. 

 

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