La Chinkana Grande del Cuzco o por qué estudié antropología

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Entré en la Chinkana Grande del Cuzco en 1978 de la mano, literalmente, de mi amigo Lisandro Valdivia Terrazas. En aquella época la red de profundos túneles que la conforman todavía no estaba cerrada al público, pues parece que no han sido pocas las personas que en estos cuarenta años se han perdido dentro de su laberíntico recorrido. Crónicas periodísticas de dudosa credibilidad cuentan que algunas de esas personas perdidas pudieron salir tiempo después de su desaparición en un estado de demencia momentánea. 

Aunque hay otras muchas chinkanas en cada lugar donde los inka estuvieron, esta quizás sea la más grande de sudamérica. Se trata de un vasto sistema de túneles de alcance desconocido que se encuentra debajo de la fortaleza inka de Saqsaywaman, que era a la vez el principal recinto fortificado del imperio y un importante centro religioso y ceremonial.

Saqsaywaman es una espectacular construcción megalítica que aún nos asombra con su grandeza. Desde la altura donde está erigida, sus gigantescas murallas dominan la ciudad del Cuzco, para cuya protección se comenzaron las obras durante el gobierno de Pachakuteq, el monarca que lideró la transformación del pequeño señorío incaico en un gran imperio. Las obras comenzaron en 1438 pero tuvieron que pasar casi cincuenta años hasta su inauguración, durante la gestión de su nieto Wayna Qhapaq  que la dio por terminada a principios de 1493.

Tanto por cuestiones estrictamente militares como también religiosas, debajo de la fortaleza y aprovechando la naturaleza del subsuelo los arquitectos del estado construyeron una red de túneles que permitían entrar y salir de la fortaleza durante un asedio, e incluso conectar con el Qori Cancha, el templo del Oro, en pleno centro de Cuzco. Pero esos túneles eran también la entrada a un espacio sagrado  dedicado al Ukju Pacha, el Mundo Subterráneo y custodiado por Amaru, la serpiente.

Entre Curuzú Cuatiá y el lago Titicaca

El camino que me llevó a entrar en la chinkana empezó cuando tenía 19 años y entré en el grupo folklórico boliviano Tawantinsuyu, que dirigía el folklorista Walter Rojas de la comunidad aymara Kaypachamanta Ayllu. Yo sabía tocar malamente el charango, ese pequeño guitarrico andino de diez cuerdas, había aprendido de forma autodidacta y estaba interesado en aprender a tocar también la quena y los sikus, la flauta de pan andina.

Pero ninguno de estos instrumentos pertenecían a mi tradición folklórica, ya que yo nací en Curuzú Cuatiá, provincia de Corrientes, tierra guaraní, muy lejos de los Andes y totalmente ajena a ese tipo de instrumentos y su repertorio musical. Al poco tiempo de estar aprendiendo junto a esos músicos andinos mucho más grandes que yo, Walter me desafió, casi diría que me ordenó, que si realmente quería aprender a tocar seriamente esa música debía subir a los Andes.

Preferentemente me indicó un lugar muy remoto, absolutamente desconocido para mí. “Tienes que ir con los italakes -me dijo- ellos son los mejores sikuris de Bolivia, te van a hacer un siku a tu medida”. Lo que no me aclaró fue que la única forma de llegar a Italake, que queda a orillas del lago Titicaca, era caminando después de que un camión te abandonara en un páramo en medio de la nada.

Si realmente quería aprender a tocar seriamente esa música debía subir a los Andes

Nunca olvidaré cuando el conductor del camión me dijo que bajara, y yo -que viajaba solo- le pregunté cuándo pasaría de vuelta hacia la ciudad de La Paz, de donde veníamos y él me dijo que cada dos o tres días pasaba por allí y que lo esperara. ¿Pero cómo iba yo a vivir allí esos días? Creí que me dejaría en un pequeño pueblo andino y quizás habría un hostal o algo así, pero allí no había nada, solo piedras, arena, unos arbustos ralos, y a lo lejos las montañas.

Dejo para después los detalles de mi encuentro con los italake que no fue fácil, entre otras cosas porque yo no hablaba aymara y nadie entendía mi lengua. Solo diré que los italake son maestros en la construcción de sikus y uno de las particularidades es que te hacen un siku de acuerdo a tus capacidades, ellos le llaman “hacer un siku a tu altura”, no sé si se refieren a la altura física, pues yo soy muy bajito pero mi siku era digamos, un poco más largo de lo esperado. Se llamaba sanqa y con él me marché orgulloso de haber logrado lo que Walter me había aconsejado.

De los Italake al Cuzco

Cuando volvía a La Paz, movido quizás por esa temeridad propia de la juventud me decidí a continuar hacia el norte, hacia Machu Picchu que en los 70 era la meca de todo joven latinoamericanista en busca de aventuras. Llevaba menos de un día en el Cuzco cuando entré a comer a una fonda en una de las pequeñas callejuelas de la ciudad. La arquitectura de los edificios del casco antiguo del Cuzco representan cabalmente nuestra cultura, a saber, una fuerte base indígena y una superestructura colonial europea.

El comedor en el cual entré también tenía esas perfectas piedras de estilo incaico imperial, grandes piedras pulidas exactamente engarzadas entre sí y sobre ellas una pared moderna de ladrillos. No había nadie, solo un muchacho de mi misma edad con quien trabé amistad inmediatamente. Se llamaba Lisandro, típico joven cuzqueño de esas familias que llevaban allí desde siempre. Y esa casa donde ahora sus padres ofrecían comidas había sido la casa familiar por generaciones.

Él no sabía desde cuando. “Nosotros descendemos de los inkas” me dijo, cosa que yo no creí pues pensaba que los inka ya no existían, que eran cosa del pasado. Ignoraba que ser inka es simplemente pertenecer a una nación, como ser catalán o irlandés. Gracias a Lisandro conocí el Cuzco desde la perspectiva de alguien de mi edad, con inquietudes muy parecidas a las mías. Los sitios a los que me llevó y que ahora tienen fuerte significación para mí eran simplemente el escenario por donde transcurrían nuestras conversaciones, él quería saber cosas de Argentina, donde quizás podría ir a estudiar una carrera universitaria y yo simplemente estaba maravillado por el Perú. Sentía que era un vasto y luminoso escenario. Hasta que entramos en la Chinkana Grande.

Sentía que era un vasto y luminoso escenario. Hasta que entramos en la Chinkana Grande

Lo que recuerdo es la penumbra, ese aire fresco por la humedad que exudaban las piedras y al final, una angustiante sensación de agobio al ir estrechándose el túnel por el que discurríamos. Siempre guiado por la voz de Lisandro, tuve un momento de pánico cuando él guardó silencio tras adentrarnos en la oscuridad total. La tenue luz de la entrada se había ido apagando poco a poco y cuando bajamos aún más y el túnel se estrechó de golpe hasta casi tener que reptar, Lisandro dejó de hablarme. Fué quizás durante un par de minutos que para mí transcurrieron eternos. Luego supe que todo había sido calculado. Él jugaba allí desde niño y formaba parte de esos cuzqueños que conocen relativamente bien las entradas y salidas de la chinkana. Digo relativamente por que es imposible conocer todos los recovecos que tiene. Por algo la llaman la Chinkana de las 100 puertas.

En 1530 cuando el Inca Garci Lasso era niño jugaba en ellas al igual que Lisandro. Ya de adulto el Inca escribió,

“…cuando niño yo acostumbraba a ir hasta el fuerte con los chicos de mi edad, pero no nos atrevíamos a ir muy lejos, permaneciendo siempre en lugares donde hubiese la luz del sol, pues teníamos mucho miedo de perdernos, después de oír todas las historias que los indios nos contaban sobre el lugar. Algunos de esos túneles llegaban a Cusco, a tres kilómetros de distancia, comunicando Saqsaywaman con el Koricancha y otros edificios. Otros túneles se adentraban hacia el mismo corazón de los Andes, sin saber a dónde conducían exactamente. Había una red de pasajes subterráneos, tan largo como las propias torres y estaban todos conectados. El sistema era compuesto de calles y alamedas partiendo en todas las direcciones, todas con puertas idénticas. Era tan complicado que ni siquiera los más valerosos se aventuraban a entrar en el laberinto sin una guía de orientación que consistía en un rollo de cuerda o brabante grueso atado a la puerta de entrada para ser desenrollado a medida que se fuese avanzando por los túneles. 

En lengua kechwa Chinkana significa “el lugar donde uno se pierde”. Cuando Lisandro calló y me vi atrapado en ese estrecho y oscuro túnel, también tuve la sensación de que ya no volvería a salir de allí.

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